La Unión Europea: Entre Putin y Trump

La Unión Europea cumple sesenta años con una salud quebradiza, con apariencia de haber pasado varias fiebres importantes, de muchas noches sin dormir, y con las arrugas que deja el sufrimiento derivado del dolor por la pérdida de algún miembro importante de la familia, derivado de un divorcio que nada tendrá de exprés. Pero la Unión sigue adelante, y la pregunta que nos tenemos que plantear todos los que somos copartícipes del proyecto europeo es qué Europa queremos, y si los esquemas y modelos que han sido válidos durante estas seis décadas siguen siendo la mejor respuesta a las inquietudes de los europeos del siglo XXI, de los jóvenes y de los mayores, de los agricultores y de los industriales, en fin, de todos los que agrupados bajo el paraguas azul de doce estrellas tenemos la necesidad –casi imperiosa- de seguir pudiendo enseñar con orgullo nuestro pasaporte comunitario en las fronteras, y acudiendo a urgencias con nuestra tarjeta sanitaria europea.

Pero la original Comunidad Económica Europea tiene muy poco que ver con lo que nos encontramos hoy en día en Bruselas: el escenario ha cambiado, los socios fundadores ahora se ven acompañados por otros veintidós países –si seguimos contando todavía al Reino Unido-. Y este cambio de circunstancias también ha tenido su reflejo en la actividad de las Instituciones Europeas. Las Políticas comunitarias ya no se restringen a la gestión de la producción del carbón y del acero y de la agricultura de los países miembros. Ahora se abarcan ámbitos insospechados, impredecibles por los Tratados fundacionales, que hubieran rondado lo increíble e inimaginable: la protección del consumidor y del medio ambiente, la política de asilo, la biotecnología, los medicamentos, las patentes y marcas, por poner sólo algunos ejemplos.

Es cierto que la Unión necesita de objetivos: las Comunidades Europeas surgieron como respuesta a dos guerras mundiales –la mayoría de los padres fundadores habían vivido en sus carnes no sólo la Segunda Guerra Mundial, sino también la Gran Guerra, y sabían muy bien que significaba la paz, y también la confrontación entre países vecinos. El ministro italiano De Gasperi –que nació en el todavía Imperio Austro Húngaro-, Konrad Adenauer que fuera alcalde de Colonia ya en 1917 y odiado por los nazis, Jean Monnet con su empresa francesa de cognac que no podía vender con facilidad en el resto de Europa por incomprensibles trabas al comercio; en fin, Robert Schuman, visionario Ministro francés de origen alemán y que está en proceso de beatificación. Todos ellos querían una mayor unión de Europa, no sólo para evitar nuevos conflictos entre los países europeos, sino también para fomentar la pertenencia de la ciudadanía europea a un proyecto común, que es lo que une a los pueblos, mucho más que la desaparición de las fronteras y las aduanas, e incluso el compartir una moneda común.

Europa en estos sesenta años ha tenido grandes desafíos, y ha sabido enfrentarse a ellos con éxito: la desaparición de las fronteras y el logro del Mercado Único Interior, la Unión Aduanera y la Política Comercial Común, la Unión Económica y Monetaria –cuyo signo visible y palpable es el Euro-; y desde el Tratado de Maastricht, la ciudadanía de la Unión –con la promoción de derechos políticos de los ciudadanos comunitarios en otros países de la UE, el derecho de residencia, la igualdad de trato ante nacionales de otros Estados miembros, etc. Todos son hitos de la integración, pero en primer término eran ideales que aglutinaban y que movían al que los percibía, porque sabía que tendrían transcendencia en su cotidianeidad –el estudiante que sabe que puede disfrutar de un Erasmus, o ese médico o enfermera que tiene el reconocimiento de su título en cualquier país de la Unión-. Pero el siglo XXI nos ha traído la crisis de identidad. El desplome financiero y la crisis económica han dejado desgarros graves, de los que todavía estamos convalecientes. Y en esta perspectiva, con la dolorosa separación que va a suponer el Brexit –da igual que sea soft o hard-, el auge de los populismos y el renacimiento del nacionalismo a ultranza –en Francia, Alemania, Holanda, Hungría, Polonia, incluso Italia, con políticos de cortas miras y largas palabras-, la falta de interés, la desafección, el alejamiento y la frialdad ante los temas europeos se está convirtiendo en una constante en la ciudadanía europea, es decir, en usted y en mí mismo. Y esto no augura nada positivo.

Europa, además, ha perdido perspectiva: con Trump y el Brexit hemos perdido la visión transatlántica, esa concepción de que el mejor aliado estaba al otro lado del océano se ha enfriado. El Reino Unido se baja del barco, y nos hace mirar más hacia nosotros mismos, hacia el propio continente. Rusia –con una inversión en defensa que alcanza el 32,11% de su presupuesto, a educación no le dedica ni el 4%- es un aliado airado. Le mantenemos las sanciones por su anexión de Ucrania, por la guerra silente de Ucrania, pero sobre todo, y no se puede obviar, por el miedo que varios Estados miembros de la UE –las repúblicas Bálticas, los países escandinavos (Finlandia que acaba de reintroducir el servicio militar obligatorio)- tienen ante las maniobras militares de los rusos frente a sus costas, y casi a la vista de sus ciudades y de sus puertos.

Pero la Unión Europea no se puede permitir renunciar a los aliados estratégicos: Berlín se calienta con el gas ruso; las cocinas polacas se encienden con gas del Mar Negro; el mercado ruso para los productos agrícolas españoles e italianos es más que importante. Las inversiones –no sólo inmobiliarias- de los rusos en la Unión Europea son de primera magnitud. En la lucha contra el terrorismo internacional, y contra el Estados Islámico Rusia no se puede sino considerar como un estrecho aliado –no entremos a ponderar sus técnicas de actuación, que esto sería objeto de otro artículo-. De tal manera que, siempre, con Rusia, hay que buscar ese difícil criterio de ponderación que resulta del equilibrio entre lo bueno o lo mejor, o entre lo posible y lo factible, es decir, entre la colaboración y las sanciones, entre la política de la amenaza o la de la convicción positiva. Pero siempre tendremos que obviar una pregunta insoslayable: “¿Es Rusia Europa?”.

*Presidente Foro Europa Ciudadana. Profesor Derecho Constitucional

via La Razón España

Marzo 26th, 2017 by
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