El general Charles De Gaulle afirmó en una ocasión: «La política más cara, la más ruinosa, es ser pequeño». La frase es útil para entender la última tormenta política que azota Oriente Medio. La decisión de varios países árabes de romper relaciones diplomáticas y aislar a Catar, puede desconcertarnos por su agresividad, pero no es incomprensible.

Más allá del discurso público de los países que ejercen el bloqueo, que acusan a Catar de ser un «instigador del terrorismo», existe un amplio historial de desencuentros con un vecino al que no le perdonan una ambición desproporcionada, a pesar de ser un minúsculo país que apenas supera los dos millones de habitantes. A diferencia del resto de monarquías del Golfo Pérsico, que no cuestionan su sometimiento al liderazgo estratégico de Arabia Saudí, el emirato decidió marcar su propio rumbo haciendo uso de su considerable músculo financiero. La exitosa creación de la cadena de televisión Al Jazeera le reportó una influencia colosal sobre la opinión pública árabe, algo que no olvidarían algunos de los gobernantes que fueron mostrados como corruptos e incompetentes ante una audiencia que dio la espalda a la televisión domesticada de sus respectivos países. El éxito mediático reafirmó a los cataríes en su apuesta de convertir al reino en uno de los líderes de la región, a pesar de sus importantes limitaciones geográficas y poblacionales.

La mal llamada «Primavera Árabe» fue saludada como una oportunidad para expandir su influencia política, en un momento donde se estaban reordenando las alianzas, y los nuevos actores necesitaban urgentemente patrocinios exteriores. El emirato se convirtió en uno de los países más activos y generosos a la hora de financiar y armar a organizaciones islamistas que trataban de prevalecer en el nuevo caos político. Catar no sólo no ha tenido reparos en apoyar a organizaciones distintas a las patrocinadas por Arabia Saudí, especialmente a los Hermanos Musulmanes, sino que ha conspirado activamente por conseguir desenlaces alternativos en puntos tan sensibles para los saudíes como Egipto, Libia, Siria o Yemen.

Sin embargo, la maniobra que ha colmado la paciencia de su «hermano mayor» ha sido su predisposición a llegar a entendimientos con su gran enemigo: la república islámica de Irán. Este movimiento, que ha sido interpretado como una inaceptable traición a los intereses del bloque suní, especialmente en un momento en que perciben con creciente preocupación cómo los ayatolás son cada vez más agresivos a la hora de expandir su área de influencia.

Arabia Saudí está dispuesta a poner fin a lo que considera es la insubordinación de uno de sus satélites. Sin embargo, el bloqueo no puede prolongarse demasiado. Tras perder su única frontera terrestre, sin posibilidad de comunicaciones aéreas y con un acceso al mar dependiente de la benevolencia estadounidense, el reino catarí es inviable. Es posible que este movimiento haya sido diseñado como un castigo temporal cuyo objetivo es que el emir acepte la subordinación y abandone sus pretensiones de mantener una política exterior independiente. Aunque pueda revestirse como una solución diplomática, no dejaría de ser una imposición humillante que incluso podría poner en peligro su permanencia en el trono, de ahí que no haya que descartar que trate de mantener el pulso.

¿Es posible una intervención militar saudí para derrocar al régimen? Sin duda. El verdadero problema está en los 10.000 soldados estadounidenses acantonados en el país, los cuales deberían convertirse en colaboradores necesarios de esta operación. Se ha especulado con la hipótesis de que la visita del presidente Trump a Riad podría haber servido para dar vía libre a esta aventura. Sin embargo, la política en la zona es mucho más enrevesada, y no es descabellado imaginar que Arabia Saudí, a través de hechos consumados, quiera aprovecharse de la inexperiencia en política exterior del nuevo presidente para, de esa forma, arrastrarlo a un enfrentamiento contra su verdadera obsesión: Irán.

via La Razón España