«Abo», dos veces héroe

Ignacio Echeverría llevaba la heroicidad en la sangre. De ser un chico normal y anónimo ha pasado a convertirse en una referencia internacional por demostrar el mayor valor que puede albergar una persona: sacrificar su propia vida por otra, a la que, además, ni siquiera conocía. Un acto de generosidad sin parangón que sus amigos ya empezaron a apreciar desde que era un niño. Uno de sus más íntimos –le hizo testigo de su boda– y que prefiere mantenerse en el anonimato, relata que el pasado sábado no fue la primera vez que, sin pensar en las consecuencias, Ignacio se lanzaba a salvar a una persona.

Las bravas olas del Cantábrico fueron testigo, en la playa de San Vicente de la Barquera, en un día con temporal, bandera roja y fuerte galerna, de la hazaña. Su hermano Enrique se había metido con la tabla en el agua, pero hubo un momento en el que ya no se le veía. «Ignacio se metió nadando a por su hermano, que no sabía cómo volver a la playa; era un nadador excepcional y le sacó, pero después tuvo que reconocer que casi se ahoga durante el rescate», explica entre risas. Porque en aquella ocasión la historia se quedó en una anécdota, aquella ocasión todo se pudo quedar en risas. Pero de lo que su hermano está seguro es de que hubiera dado la vida por él.

No ha llegado al año y medio la aventura de Ignacio Echevarría en Londres. Con 38 años y su inseparable tabla de «skate», una de sus mayores pasiones, se marchó a la capital británica en febrero del año pasado en busca de una oportunidad laboral que le permitiera seguir mejorando en su carrera en banca. Era experto en blanqueo de capitales, labor en la que se inició en Madrid en Aresbank, y la presencia allí de su hermana Isabel y el marido de ésta, Fernando Vergara (que trabaja en el Banco Santander) terminaron de convencer al joven de la localidad madrileña de Las Rozas para dar el salto a Reino Unido. Allí, tras varias entrevistas, logró colocarse «en lo suyo», explica uno de sus más íntimos amigos, que añade que lo de Ignacio «no sólo era la banca». Porque, además de las finanzas, los deportes que practicaba desde niño junto a sus hermanos en las playas de Comillas, eran su gran pasión. «Era tremendamente deportista, durante el día no paraba», cuenta un conocido que acostumbraba a pasar los veranos con él. «Le encantaba hacer windsurf, montar en bici… Cualquier actividad le parecía bien», asegura. «Y por la noche se iba con la pandilla a tomar algo a Samovy –bar concurrido de la zona–, como cualquier chico de su edad. Era un chico muy normal, educadísimo y muy abierto». También tenía muchas ilusiones. De hecho, esta misma semana planeaba cerrar la compra de una casa en Comillas que quería alquilar en los inviernos y disfrutar durante los meses de verano para continuar cerca de sus padres. Ignacio era el mediano de cinco hermanos: Joaquín, Enrique, Ana –que vive en Francia y no dudó en desplazarse rápidamente para buscarlo en los hospitales londinenses– e Isabel, la pequeña. Compasivo y caritativo son otros dos de los adjetivos con los que, los que le conocieron, se refieren a él. «No le gustaba nada alardear de su religiosidad, porque el “skate” no era el ambiente, pero tenía unas firmes convicciones religiosas y un sentido de la justicia exacerbado», añade.

«Abo», como le llamaban en su círculo de los amigos que compartían su afición por el monopatín, pertenecía en Madrid a un grupo de jóvenes católicos con el que se reunía de forma semanal. Precisamente, sus férreas convicciones religiosas, señalan en su círculo más íntimo, le llevaron desde muy pronto a defender en más de una ocasión a quien veía más débil: «Cuando éramos pequeños, si veía que alguien se estaba metiendo con un niño en un bar, salía en su defensa. Era superior a sus fuerzas quedarse quieto».

Por otro lado, Ignacio era un enamorado de la vida al aire libre, pero durante los ratos en casa procuraba estar al día de todo lo relacionado con la informática, otra de sus grandes pasiones. La edición de vídeos, principalmente de patinaje, era otra de sus aficiones. Tomaba nota y luego intentaba ponerlo él en práctica, llegó incluso a participar en varios concursos de vídeos de «skate».

Si en algo más coinciden las personas que le rodearon es que era una persona muy sencilla. Hacía mucha vida en Las Rozas, estudió en el instituto público El Burgo y en las tardes libres le gustaba ir por la zona de Navalcarbón para hacer deporte, principalmente practicar «skate».

Ignacio Echeverría falleció en «Borough Market», junto al puente de Londres, víctima de un atentado terrorista. Pero para sus amigos fue, es y será siempre un «niño metido en el cuerpo de un adulto». Quizá esa inocencia fue la que le llevó a intentar salvar a aquella mujer sin pensar en que un cobarde asesino podría asaltarlo por detrás. «Nuestra amiga María me decía “si le cuentas eso a Ignacio y le preguntas qué habría hecho te habría dicho: les habría hundido a palos con mi monopatín”». No mentía.

via La Razón España

junio 7th, 2017 by
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