Pese a haber navegado con éxito durante 30 años en las procelosas aguas de la política británica, Theresa May sigue siendo una auténtica incógnita para los ciudadanos y sus propios compañeros de partido. Celosa de su vida privada hasta límites insospechados, apenas se sabe que está casada con Philip May, un banquero al que conoció en 1980, cuando ambos estudiaban en la Universidad de Oxford, tras ser presentados por la fallecida ex primera ministra paquistaní Benazir Bhutto. Ambos decidieron no tener hijos y centrarse en sus carreras.

Fría, distante e incapaz de transmitir emociones, ha tratado si éxito de emular a Margaret Thatcher, la primera mujer que llegó al número 10 de Downing Street. Como la «dama de hierro», May procede de una familia de clase media conservadora, muy lejos del elitismo que representaba David Cameron y su círculo más cercano de Eton. Su única concesión a la frivolidad es su pasión a los zapatos. Nacida hace 60 años en la provinciana ciudad inglesa de Eastbourne, esta hija única de un vicario protestante y una feminista estudió Geografía en la Universidad de Oxford y trabajó en el Banco de Inglaterra antes de dar el salto a la política como concejal del barrio londinense de Merton en 1986 y desde 1997 como diputada. Al convertirse en 2002 en la primera mujer en presidir el partido, se comprometió a acercarlo a la clase trabajadora abandonada por la globalización.

Con fama de inflexible y amante del control, labró su imagen pública como ministra de Interior con Cameron (2010-2016), que la denominaba «submarino May». Precisamente, su decisión de recortar el gasto en las Fuerzas de Seguridad con el despido de 19.000 agentes de Policía le ha pasado factura en la ampaña tras los atentados de Manchester y Londres.

Posicionada a favor del «remain» en el referéndum sobre la UE de hace un año, May demostró entonces su capacidad para la supervivencia política mostrando un perfil bajo durante la campaña que no le enemistó con los «brexiters» tras la caída de Cameron. Ocultando sus ambiciones para hacerse con el liderazgo «tory» y Downing Street, dejó que sus rivales se desgastaran para emerger como la única alternativa para conducir al país al Brexit.

Su jugada para conquistar el poder le había salido tan bien que quiso probar suerte convocando en abril unas elecciones anticipadas para reforzar su liderazgo interno y desembarazarse de las promesas hechas por Cameron en la campaña de 2015. Sin embargo, como a su predecesor, el órdago le ha salido mal a quien se presentaba como una «líder fuerte y estable». Tras una campaña nefasta en la que demostró su incapacidad de identificarse con el electorado, May sale debilitada frente al partido, donde el ala liberal y el sector euroésceptico no tardarán en cuestionar su liderazgo, y a Europa, que negociará un Brexit con un Gobierno débil a la merced de los unionistas del Ulster.

via La Razón España