El día en que Nicolás Maduro quiso ser Augusto Pinochet

Estamos en la sesión de fotos oficiales para la campaña electoral venezolana de 2013. Los militantes del chavismo –ahora póstumo– tienen la orden de votar por el candidato que en diciembre de 2012 les impuso Hugo Chávez antes de morir de cáncer. Éste es Nicolás Maduro, posa ante las cámaras, pesa unos kilos menos pero igual exhibe una figura corpulenta acompañada por la torpeza de sus movimientos.

Luce el mismo bigote poblado, uno de los pocos vestigios que simboliza algo de rigor en su figura y por el que en estos días él mismo se comparó con Saddam Husein, el desaparecido dictador de Irak; viste también una de esas camisas que más bien parecen un gran envoltorio que de algo lo protege.

El líder del socialismo del siglo XXI aún rezuma autoridad desde su sarcófago, sin embargo, su sustituto y futuro Presidente de Venezuela está feliz como una mascota. Y así se comporta.

Es el instante en que Nicolás Maduro ni se acuerda de que Hugo Chávez acababa de morir.

Primero obedece las instrucciones de la troupe a la que se le ha encargado la sesión fotográfica para la propaganda electoral de ese año: Póngase así, suba el mentón, mire hacia el lente. Y así la ráfaga de flashes y clics llueve en el recinto con la emergencia que requiere mandar a imprimir los millones de afiches para tapizar cuanto antes todos los muros, postes y paredes de Venezuela con el rostro del nuevo delfín del chavismo, a quien Lula llegó a calificar por esos meses de «hombre con una inteligencia impresionante».

Pero Nicolás no aguantó la formalidad y renunció a las instrucciones corporativas de los fotógrafos profesionales. Y de las poses electorales se cambió a la mueca y la payasada, un gag que los testigos describen como un patético show de arranque narcisista.

Nicolás empezó a inventarse poses, juntó las palmas de las manos y se las puso junto a una de sus mejillas, sonriente, quería representar una caricatura afeminada y burlarse así de los gays.

Luego vino lo siguiente:

–¿Y si me pongo así, como Pinochet?

Frunce el ceño, arquea el bigote, infla el pecho y cruza los brazos como el gigante verde de la marca de guisantes. Y los fotógrafos con sus desesperados clic, clic, clic, clic.

Nicolás goza de su estulticia que surge cual brote epiléptico; por unos segundos deja de ser el férreo comunista formado en La Habana, el candidato presidencial nombrado a dedo que ha heredado el capital político de Hugo Chávez, para convertirse en un general golpista, un típico gorila hispanoamericano, el epítome del fascismo en el Cono Sur: Augusto Pinochet.

La imagen original es inédita y ha permanecido en la discreción, pero ahora es propiedad de un político opositor venezolano exiliado en España y quizá la haga pública en algún momento que su partido decida.

A Nicolás no le importa compararse con ningún dictador porque en fin de cuentas los admira. Es su modelo y rango de poder.

Y una prueba es la del pasado viernes 14 de julio cuando asistió a la graduación de las nuevas promociones de la Policía Nacional Bolivariana, la misma que vemos todos los días en las redes cuando propina palizas salvajes a los opositores en flagrante violación a la dignidad de la persona y los Derechos Humanos.

Allí el dictador venezolano dijo, “parezco a Saddam Husein, Saddam Husein en vivo”, mientras se ajustaba la boina y el nuevo uniforme reglamentario de la PNB que vestía como uno más de esos funcionarios.

Ambos episodios, el del Nicolás-Pinochet y el Nicolás-Husein, podrían causar mucha gracia si no es porque anuncian para Venezuela tiempos más oscuros que los de las guerras que sufrió el país sudamericano en el siglo XIX.

Es el chiste cruel convertido en tragedia mortal.

via La Razón España

julio 16th, 2017 by
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