La venganza del este

Pocas ciudades del este de Alemania están tan alejadas de Berlín como Oppach. La única forma de recorrer los poco más de 170 kilómetros que distan la capital de esta localidad que abraza la frontera con la República Checa obliga a hacer cinco transbordos en un derrotero que sortea distintos medios de transporte y que se demora por más de cinco horas. Una vez allí todo es silencio. En la ciudad que sobrevivió a la colindante sombra de la frontera de la República Democrática Alemana (RDA) nunca ocurre nada, pero sin embargo el inusitado interés que ha despertado la población esta semana tampoco acaba de gustar a sus habitantes. Tras las elecciones del pasado domingo, el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) se convirtió en la tercera fuerza política del país. En Oppach, una ciudad en el este de Sajonia, esta formación quedó en el primer lugar con el 46% de los votos. Uno de cada dos vecinos puso su cruz en la casilla de AfD. Una mujer de avanzada edad, ante la presencia de una cámara de televisión, se apresura por regresar a su casa mientras, sin mirar atrás, brama que «ya saben lo que pensamos» de las elecciones.

A sólo unos kilómetros, en Grossschweidnitz, los votantes dieron al partido el 44,8% de su apoyo, en Dürrhennersdorf –en el mismo condado–, el 45,1%. Hoy Oppach y el este de Alemania todavía soportan la sombra de la RDA. Una mancha que, 70 años después de la caída del nazismo, ha impulsado a la formación populista hasta el Bundestag y, por ende, ha desplazado a La Izquierda (Die Linke) –un partido con orígenes en el Partido Comunista de Alemania oriental–, como la principal alternativa del este al Partido Cristianodemócrata de Angela Merkel.

«Voté por AfD por dos motivos: como protesta y por estar convencido de que ahora deben ser otros tiempos», asegura Peter Framke, el dueño de un pequeño comercio en el centro de Oppach. No vacila al confesar su voto. Sabe que como él, la mitad del pueblo le apoya. Una localidad de pelo encanecido en la que casi no hay población inmigrante. No hay sensación de abandono, pero las calles y la atmósfera revelan la memoria de la época socialista y su entrada en la República federal. Una circunstancia que hace de esta zona de Alemania, y a diferencia del occidente, un terreno fértil para el populismo de derechas y que explica por qué en un lugar marcado por el extremismo político sea todavía susceptible a la política de extrema derecha. Framke es ingeniero pero hace años, durante la RDA, se hizo cargo de la gasolinera de su padre. El negocio funcionaba bien hasta que cayó el muro. Después llegaron las normas imperantes en la Alemania occidental, la crisis de los 90, el «ecoimpuesto», y finalmente, en 2004, la apertura de las fronteras con la Europa del este. A sólo unos minutos, en la República Checa, la gasolina está 30 céntimos más barata. Un devenir en el que la incertidumbre y el hastío fueron instalándose en la vida de Framke y en la de sus vecinos.

Para el filósofo Michael Bittner, muchos «alemanes del este se sienten todavía ciudadanos de segunda clase» porque reciben salarios y rentas menores además de sufrir un mayor desempleo. En las zonas rurales, como Oppach, el sentimiento es de depresión. «Las tiendas echan el cerrojo –agrega Bittner–, los jóvenes se marchan, no hay suficiente policía, los bancos cierran sus sucursales, faltan médicos» y los grandes partidos no tienen apenas presencia. AfD, por el contrario, entendió muy bien que había que estar presente en estas regiones y explotar el vacío dejados por otros partidos y el descontento de la población. Las ayudas económicas que desde la reunificación ha recibido esta zona y que se siguen nutriendo del «impuesto solidario» que paga cada alemán, no han servido de mucho. Reiner Klingholz, director del Instituto de Berlín para la Población y el Desarrollo, habla de frustración. «No se comparan con cómo estaban hace 27 años, sino con cómo están sus conciudadanos del oeste o, más bien, con cómo creen que están, porque muchos piensan que viven mejor que ellos, algo que en muchos casos no es verdad», explica.

La brecha entre las dos Alemanias se mantiene. Una circunstancia a la que hay que añadir un lento proceso demográfico que, según Klingholz, favorece a la ultraderecha. Durante el régimen comunista, los hombres solían estudiar menos tiempo que las mujeres y decantarse por empleos en la agricultura y la industria. Esto llevó a que muchas mujeres emigraran al oeste tras la reunificación, lo que ha propiciado una proporción inusualmente alta de hombres mayores desempleados (el votante típico de AfD), con poca formación y sin mujer. Además, el profundo conservadurismo de Sajonia –que desde la reunificación ha confiado en el partido de Merkel– se sintió decepcionado cuando la canciller permitió que se votase en el Parlamento el matrimonio homosexual, y que, sobre todo, la crisis de los refugiados ha venido a exacerbar. Peter Framke no titubea al hablar de este tema. «No hay nada más que verlos –protesta contra los inmigrantes–. Ropa de marca, teléfonos móviles… y todo con el dinero del Estado». A su lado, un hombre le escucha y replica que «el Islam nos fue impuesto y es indignante que los refugiados puedan venir aquí con diez hijos y recibir todo gratis». Con opiniones como ésta, no es de extrañar que Sajonia fuera la cuna de Pegida, un movimiento islamófobo que pide deportaciones masivas inmediatas, a pesar de que en este Land la población musulmana se sitúa en torno a un ridículo uno por ciento.

La situación ha traído a la mente de muchos las legendarias palabras del cristianodemócrata Kurt Biedenkopf, ex presidente de Sajonia, cuando dijo que su Estado era inmune a la ultraderecha. Está claro que el problema se negó durante mucho tiempo y ahora el principal grupo de electores de AfD, por encima de los ultraderechistas convencidos y el «voto venganza», son los que se consideran «dejados de lado» y abandonados por el sistema.

via La Razón España

septiembre 30th, 2017 by
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