¿Un caudillo para transformar México?

Muchos mexicanos quieren dar carpetazo al pasado reciente dominado por la corrupción política, la violencia y las desigualdades lacerantes. La indignación entre los más pobres ha llegado a tal extremo que casi la mitad de los 89 millones de electores convocados hoy a las urnas está dispuesto, según los sondeos, a votar por Andrés Manuel López Obrador, un viejo líder que históricamente ha despertado un fuerte rechazo entre los electores, izquierdista, con tintes autoritarios que ha ido tamizando su discurso anti neoliberal para aspirar a la presidencia de la República tras dos derrotas en 2006 y 2012.

La paradoja de estas elecciones, en las que se decidirán más de 3.000 cargos públicos entre alcaldes, gobernadores de nueve estados federativos y diputados y senadores, es que ese candidato al que las encuestas dan casi el 50% de los votos, es alguien del pasado, forjado en las filas del viejo PRI (del que se fue en 1988), el epítome del sistema al que él dice querer combatir. No solo puede ganar la presidencia hoy sino que su partido, Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), puede obtener mayoría absoluta en la Cámara de Representantes.

México decide hoy qué hacer para salir de la encrucijada en la que se halla inmerso. El candidato del PRI, José Antonio Meade, se ha estancado en los 20 puntos en las encuestas. Es un tecnócrata que no milita en el partido con experiencia en varios ministerios, pero carga con el lastre de la controvertida gestión del Gobierno saliente. El otro aspirante que se bate en el duelo es Ricardo Anaya, del PAN, que no ha logrado unificar a su partido en torno a su candidatura. Y luego está Obrador. Sus opositores lo ven como un populista de izquierdas que acabará con las libertades y dañará la democracia mexicana hasta convertirla en la Venezuela de Maduro. Así lo ha pintado el PRI. Creen que AMLO, como le llaman los mexicanos, puede llevarse al país por delante y que sus propuestas económicas pondrán a la nación al borde del precipicio. Les asusta lo que muchos observadores ven como un talante mesiánico, soberbio y divisivo.

Sus defensores destacan en él a un líder honesto e incorruptible que llega dispuesto a combatir los turbios tejemanejes de la política nacional y a dar trabajo digno a los pobres. Él sería el contrapunto ideal para gestionar los ataques de Trump y el líder que va a enterrar al régimen agotado (encarnado por el PRI y PAN) para restaurar los valores que inspiraron a los héroes fundadores de la nación mexicana.

Como ha dicho el periodista Luis Miguel González, director de «El Economista», AMLO se parece a un cuadro abstracto, cada uno ve en él lo que quiere ver. Su candidatura ha crecido con un discurso antisistema y se ha visto alimentado por la sensación de desgobierno que deja la actual presidencia de Enrique Peña Nieto. Obrador ha prometido transformar el país, acabar con la impunidad y los privilegios de la élite a la que denomina «la mafia del poder». «Los mexicanos le van a votar masivamente porque recoge la ira ante este gobierno», afirma el estratega político Antonio Solá.

El país vive estas elecciones en medio de un clima de incertidumbre económica por el cambio de rumbo en Estados Unidos –el destino del 85% de las exportaciones del México–. Trump amenaza con romper el Tratado de Libre Comercio, del que México se ha beneficiado en los últimos 25 años. La mitad de la población vive en la pobreza y los salarios están entre los más bajos de América Latina, a pesar de que el norte del país ha desarrollado una potente industria manufacturera.

Los candidatos del gobernante PRI y del PAN, ambos de derechas, no han logrado contrarrestar el discurso de la indignación de Obrador, a quien no todos consideran un líder progresista sino más bien un caudillo pragmático dispuesto a pactar con el diablo para llegar al poder. El baile de siglas y partidos alimenta la incertidumbre sobre lo que está por venir. El partido tradicional de izquierdas mexicano, el PRD, se alió con la derecha del PAN en estas elecciones.

Al mismo tiempo, Obrador ha incluido en su coalición a un partido cristiano y ultraconservador como el PES, poniendo de manifiesto la descomposición de las ideologías en el México actual frente a la potencia de los liderazgos, según apunta Solá. «México ya no tiene izquierda. Morena, el partido de AMLO, no representa los valores y principios progresistas, es más bien un frente con ideologías variopintas en el que caben troskistas y evangélicos», añade Alfredo Campos, director editorial del Grupo Milenio.

Al contrario que el fotogénico Peña Nieto, «López Obrador es un animal político que vive de la confrontación y considera que todos los males de México se derivan del proyecto reformista que comenzó en 1983. Idealiza la era de los 60 en que la economía crecía a casi el 7% y considera que lo que a México le falta es un gobierno fuerte. Su propensión natural es la ruptura y no es capaz de moderarse: todo lo contrario, su naturaleza es a radicalizarse en el sentido nacionalista. Pero no es parecido a Hugo Chávez, sino a los políticos mexicanos de aquella era. Va a causar estertores por todas partes», explica a LA RAZÓN Luis Rubio, presidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales.

Los sucesivos fracasos en la conquista de la presidencia han suavizado varias de sus posturas, «pero no parece haber modificado mucho su ideología: continúa con tintes nacionalistas, énfasis en programas sociales, no discute posiciones sobre temas morales (aborto o matrimonio igualitario), donde él parece que no toma posición alguna», explica Alejandro Díaz, catedrático del Tecnológico de Monterrey.

Sólo a partir de mañana México conocerá si el país mira al pasado, si busca un cambio brusco en su deriva o si opta por mantener un sistema de contrapesos dando la presidencia a un partido y quitándosela en el Congreso.

via La Razón España

junio 30th, 2018 by
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