Hablar mal de la Unión Europea es ya un cliché. Un lugar común muy previsible y descontado en plena crisis económica, política y humanitaria; que pone en evidencia quien quiere realmente seguir apostando con ella. Los desafíos futuros de supervivencia del Viejo Continente, bajo el logo de la UE, no son pocos, desde el euro hasta la cuestión migratoria. Pero hay quien todavía recuerda, hoy tal como ayer, lo «imposible» que parecía entonces arrancar el proyecto de integración europea, en plena Guerra Fría. A sus noventa años recién cumplidos, Achille Albonetti (Venecia, 1927), un profesional de larga trayectoria en la diplomacia italiana y europea; hace 60 años presenciaba en el célebre Palacio de los Conservadores de la capital itálica presenciando, junto a la delegación de su país, la firma de los Tratados de Roma. Con sus propios ojos vio así nacer a la actual Unión Europea.

«Llovía muchísimo aquel día en Roma y nadie creía en lo que estábamos haciendo», explica hoy Achille Albonetti a LA RAZÓN. «Esa desconfianza es muy típica no sólo durante los tratados, sino sobre todo en las negociaciones previas al mismo. El viento en contra impedía que muchos pudieran creerse hasta qué punto podíamos realmente llegar».

El clima del año 1956, el anterior a la firma, estaba siendo uno de los más convulsos para Francia. Meses antes de los Tratados de Roma, la Cuarta República Francesa se encontraba muy anquilosada, Argelia apuntaba hacia la independencia, y tanto Vietnam como Camboya evidenciaban la inestabilidad del Sureste asiático. En Europa, mientras tanto, ya había fallado el proyecto de la CED (Comunidad Europea de Defensa).

«Con este panorama, no era de extrañar que Francia no estuviera en absoluto interesada en un mercado común, al contrario que los alemanes», cuenta el veterano experto en política exterior europea. «Los galos, sin embargo, como el resto, sí veían positivamente la Euratom (Comunidad Europea de la Energía Atómica), porque se perfilaba como una nueva organización europea de ámbito nuclear, en plena Guerra Fría. De hecho, en 1957, mientras se firmaban los Tratados de Roma, Italia, Alemania y Francia firmarán también un memorándum a favor de una bomba atómica europea, algo que luego no se conseguirá debido a la presión de Estados Unidos», aclara Albonetti. En cualquier caso, en otoño de 1956, cabía esperar cualquier cosa, excepto un clima de acuerdo.

El mayor logro político hasta ese momento había sido la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero), gracias al entendimiento del italiano De Gasperi, el francés Robert Schumann y el alemán Konrad Adenauer. Tres católicos de habla alemana, convencidos de que la CECA podía evitar una nueva guerra mundial. Pero los estadistas de la época sabían que había que ir más allá en la integración de una Europa. Lo que no se sabía era cómo.

La debilidad que mostró Francia, sin embargo, en relación a la nacionalización del Canal de Suez por parte del Egipto de Nasser le permitió a París ceder lo suficiente como para plantearse una posible firma de los Tratados de Roma. Es esa clase de «milagros», usando la misma palabra del propio Albonetti, que marcan el curso de la Historia.

«Con el tiempo», detalla el nonagenario, «incluso un gran anti europeísta como Charles De Gaulle, se dará cuenta de que la única manera de afrontar el futuro era buscar un acuerdo con los alemanes». «Así pues, De Gaulle se dejó convencer por Adenauer con el objetivo de lograr un mercado común europeo», explica hoy el veterano italiano. Quedaba así atrás la rivalidad histórica entre París y Berlín que duraba desde 1871, desde las guerras franco-prusianas y la proclamación del segundo «Reich» desde el Salón de los Espejos de Versailles. Tras la hecatombe de las dos guerras mundiales, Albonetti hoy lo tiene claro: «La firma de los Tratados de Roma fue un enorme éxito».

El veterano experto de temática exterior, sin embargo, ve muy gris el presente de la Unión: «El populismo en auge, una crisis económica no resuelta, la salida del Reino Unido, y un Donald Trump que obvia la OTAN y le niega la mano a Angela Merkel…La situación es crítica y soy pesimista», admite Albonetti. «Es cierto que en 60 años Europa ha visto muchas crisis, pero ninguna tan seria como ésta».

Para él, «si queremos existir como Estados el fin eludible y fundamental es la unión política de Europa porque sin ésta, en un mundo global, nuestros países no cuentan nada». Pone un ejemplo muy evidente: «En grandes escenarios militares como Iraq, Afganistán o Siria, Europa no ha estado presente. Si durante siglos fuimos el centro del mundo, actualmente, ni existimos. Por eso no hay alternativa a la unidad de Europa». Y añade: «Pero para conseguirlo, tiene que haber una clase política que, desde arriba, esté dispuesta a tomar las riendas, y tradicionalmente, suelen ser pocos los que saben cómo hacerlo. Lo demás…», es puro teatro.

¿Cómo se puede salir, entonces, de esta situación? «Ya que a Trump no le gusta la Unión Europea, que conversa bilateralmente con sus Estados miembros y que piensa que la OTAN es obsoleta…hay que considerar en una defensa común», plantea el transalpino. Y el «Brexit», para él, no es más que una oportunidad para lograrlo definitivamente sin los obstáculos tradicionales de Londres bajo la sombre de Washington.

Albonetti asegura que el Reino Unido, «quien nos enseñó la política y las relaciones internacionales», hoy ya no entiende de política exterior. Y se cuestiona: «¿Cómo la van a entender los europeos?». Ante la pregunta de quién ha salido más dañado considera que Londres ha salido perdiendo: «Estamos todos tan en crisis que el debate, al final, se centra en a ver quién está peor», remarca con ironía.

Aunque la Europa a 27 no avance con una Comisión tan desapoderada, la Unión Europea está muy presente en nuestra vida, y mucho más de lo que pensamos. Basta con pensar en el revolucionario concepto de «ciudadanía europea». Pero pueblos del Viejo Continente parece que no son tan conscientes de ello. Esto, según el nonagenario Achille Bonetti, de larga trayectoria negociadora europea, se debe a que «hay una ignorancia enorme» en materia de política exterior en general y europea en particular: «Ahora está de moda ver la Unión como un padre malo que nos impone qué hacer». Lo cierto es que la política exterior, tradicionalmente, es difícil de divulgar al gran público porque es un conjunto de cultura, historia, defensa, religión, etc. «Si la clase política nunca habla de política exterior, ¿cómo se puede pretender que la Opinión Pública sepa algo al respecto? La gente ve la Unión Europea como un gigante, que está en Bruselas que no los ayuda en la vida cotidiana». Más allá del realismo, las palabras de este afable y veterano negociador desprenden, noventa años, después, un apasionante deseo de futuro. Con una Europa unida.

via La Razón España