Entre las ruinas de un continente suicida, Winston Churchill suspiró por «volver a crear la familia europea con una estructura regional llamada, quizá, los Estados Unidos de Europa». Allí, en la Universidad de Zúrich, un 19 de septiembre de 1946 declaró que era necesario para vivir en paz, seguridad y libertad, y recuperar así las «sencillas alegrías y esperanzas que hacen que valga la pena vivir la vida».

Al tiempo que con la Guerra Fría se repartía el mundo entre las dos grandes potencias, y avanzaba el fantasma comunista como el gran enemigo del progreso y de los derechos humanos, Occidente se dispuso a crear alianzas e instituciones para asentar el bienestar económico y la libertad. La solución partió una vez más de Estados Unidos. El general George Marshall, secretario de Estado del presidente Truman, ideó el plan económico que llevó su nombre para que, como dijo en Harvard en junio de 1947, el pueblo europeo recuperase la confianza. Sin embargo, añadió que de nada serviría la ayuda financiera norteamericana si los gobiernos europeos no se unían en defensa de la democracia. Por esta razón, la URSS abandonó la mesa de negociaciones del plan económico, y creó, dos años después, el Consejo de Ayuda Económica de países comunistas, el COMECON, que fracasó.

Los gobiernos europeos iniciaron la cooperación, no sólo para el reparto de la ayuda americana, para lo que se creó la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), sino por las maniobras soviéticas. En febrero de 1948, los comunistas dieron un golpe de Estado en Checoslovaquia, que había aceptado el Plan Marshall, para imponer una dictadura al servicio de Moscú. A esto se sumó el bloqueo de Berlín, en abril del 49. La amenaza era real. En respuesta, los occidentales crearon la OTAN ese mismo mes, y en mayo, el llamado Consejo de Europa, con Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Francia y Gran Bretaña. La clave era el comportamiento de la élite europea. Fue el momento de las grandes personalidades, los llamados «Padres Fundadores». El protagonismo lo tomaron políticos liberales, conservadores y democristianos; señaladamente, los franceses Jean Monnet y Robert Schuman, el italiano Alcide de Gasperi y el alemán Konrad Adenauer.

Monnet recogió los planteamientos que desde la Ilustración dibujaban un continente unido bajo una autoridad política encaminada al respeto a los derechos humanos y al progreso económico. En plena guerra escribió sobre la necesidad de concluir la destrucción de Europa creando una institución que asumiera soberanía de los Estados miembros, en una federación al estilo norteamericano. Monnet compartía esta aspiración con Robert Schuman (1886-1963), del Movimiento Republicano Popular y uno de los líderes de la Cuarta República. Konrad Adenauer (1876-1967), jefe de la CDU y presidente de la recién creada República Federal de Alemania (RFA), creía en la cooperación europea como una manera de integrar a su país en los nuevos tiempos. El europeísmo de Adenauer, como señala el historiador Ricardo Martín de la Guardia en su reciente biografía, se basaba en la «Federación», el cobijo de la OTAN y el abandono de los prejuicios nacionalistas. Ese europeísmo coincidía con uno de los grandes defensores del federalismo europeo, el escritor suizo Denis de Rougemont (1906-1985), que dijo en La Haya, en 1948, que esa alianza daría a la Historia una «unión de hombres libres» como «nunca habrá conocido». El obstáculo era la reconciliación de Francia y Alemania. El mediador fue De Gasperi (1881-1954), primer ministro italiano y líder de la Democracia Cristiana, quien estaba convencido de que el futuro de Europa pasaba por «la paciente aplicación del método democrático –dijo en 1952–, el espíritu de consenso constructivo y el respeto a la libertad».

El 9 de mayo de 1950, Schuman convocó a la Prensa para anunciar la creación de un organismo que controlaría la producción de carbón y acero de Francia y de la RFA, lo que era básico en la industria de armamento. Era el inicio, dijo, de una «unificación económica» bajo una «Alta Autoridad común». Era la Doctrina Schuman –la unión a través del mercado– con el Plan Monnet –instituciones supranacionales–. Se creó así la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), en abril del 51, sumando Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Francia, la RFA e Italia: los «Seis». El éxito de la CECA les animó a ir más allá y crear una unidad militar. La Guerra Fría estaba en su primera fase, y EE UU quiso rearmar a la RFA como escudo. Por esto, Monnet y el ministro francés René Pleven propusieron una Comunidad Europea de Defensa. Schuman, Adenauer y De Gasperi trabajaron en este sentido. No obstante, el proyecto encontró gran resistencia en la Asamblea Nacional francesa, y fracasó en 1954. Este revés hizo que Jean Monnet dimitiera como Alta Autoridad de la CECA.

El holandés Johan Beyen (1897-1976), el luxemburgués Joseph Bech (1887-1975) y el belga Paul-Henri Spaak (1899-1972) asumieron entonces el liderazgo. Beyen estaba convencido de que el avance en la unión pasaba por la creación de un mercado común que favoreciera el comercio, creara empleo y mejorara la competitividad. Los tres del Benelux redactaron un memorándum sobre la integración social, económica y financiera que ampliaba la CECA, y que se debatió en la Conferencia de Messina (Italia). En aquella ciudad se sentaron los gobiernos de los Seis. La negociación duró tres días, entre el ayuntamiento y el lujoso hotel San Domenico. El acuerdo fue la creación de dos organismos: la Comunidad Económica Europea (CEE) y el Euratom, destinado al control de la energía atómica. El 25 de marzo de 1957 se firmó el Acta Fundacional de la CEE, el primer paso de la actual Unión Europea, como una estructura institucional completa con el objetivo de aumentar la calidad de vida de sus ciudadanos. Se dice que el belga Spaak, tras la negociación de aquel Tratado de Roma, salió al balcón del hotel y cantó «O Sole Mio».

via La Razón España