Sesenta años después de la firma del Tratado de Roma, la Europa que se enfrentó con saña en las dos guerras más destructivas y crueles de la historia de la humanidad, la Europa que sacralizó las fronteras y las etnias y que sólo se entendía en términos de supremacía territorial, siente hoy el vértigo de su propio éxito y ve como resurgen en su seno las mismas pulsiones nacionalistas que tantas veces despeñaron el sueño de la unidad. Y, sin embargo, nunca se pudo decir, como hoy, que no hay un lugar en la Tierra donde hayan arraigado con más fuerza los principios de la libertad, de la dignidad personal y del respeto a las convicciones ajenas –los principios de la democracia y el humanismo, en suma–, como en Europa. En palabras del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, «el mejor lugar donde puede nacer un ser humano». Pero, con todo, no conviene dejarse llevar por la ingenuidad de los buenos sentimientos. Si la Unión Europea nació de las ruinas de la matanza como un grito de «nunca más este horror», su consolidación se ha debido más a la prosperidad de un continente sin aduanas, de un espacio de libre comercio capaz de fomentar la riqueza y con ella las sociedades del bienestar, que al ideal político de un Estado sin fronteras interiores, habitado por ciudadanos libres e iguales. Las mismas reservas que, por ejemplo, impidieron en plena guerra fría, cuando medio continente penaba bajo la bota del comunismo, conformar una Comunidad Europea de Defensa, operan como lastre cada vez que se avanza en el camino de la integración. Esas fuerzas, fruto del miedo a perder la propia identidad, pero, también, a ver diluidas las certezas de una vida en el gran crisol de la sociedad de la información, a las consecuencias personales de la feroz competencia económica y a los problemas del mestizaje cultural han vuelto a emerger en el mismo momento en que se ha quebrado el círculo de la prosperidad. Sólo desde esta perspectiva se explica el Brexit británico y la desafección a la idea paneuropea de amplias capas de la sociedad, que parecen incapaces de adaptarse a las exigencias de la integración. Sin duda, la crisis ha sido terreno abonado para ciertos políticos demagogos que, bajo la falsa bandera que rechaza la «Europa de los mercaderes», buscan el voto del miedo y del desencanto, más fácil cuanto más sacrificios impone la situación. Ayer, los 27 jefes de Estado y de Gobierno de los países que conforman la Unión Europea, ya sin Gran Bretaña, firmaron una renovación de los votos en el mismo escenario, Roma, donde todo empezó. Sólo las prolijas discusiones habidas para consensuar el texto demuestran hasta qué punto Europa se encuentra en una compleja encrucijada de caminos. Por un lado, los que llevan a la culminación del proyecto, que es la unión política con todas sus consecuencias, y, por otro, los que transitan por soluciones de compromiso, que salvaguarden lo logrado y, sobre todo, mantengan abierto el gran espacio económico. Es la apelación a una Unión Europea más flexible, en la que los socios puedan elegir su ritmo de confluencia. Tal vez, sirva para salvar al euro, pero no soluciona el fondo del problema. La «adhesión a la carta» es lo que ha buscado siempre el Reino Unido y todos sabemos a dónde conduce. Las excepciones en el cumplimiento de las normas son las que han llevado a Grecia hasta el abismo de la expulsión. La reluctancia de los gobiernos de los antiguos países del Este a ceder una soberanía recuperada tras largas décadas de secuestro por Moscú, es lo que abre la puerta al espectro del nacionalismo. Podrá criticarse la enorme burocracia generada y, sin duda, habrá que reformar a fondo muchas instituciones comunitarias, pero no puede haber adhesiones a la carta si queremos que la Unión Europea cumpla su ciclo y se convierta en esa nación de naciones libres e iguales que soñaron los padres fundadores, desde Jean Monnet y De Gasperi a Adenauer y Schuman. Por supuesto, sería absurdo exigir uniformidades imposibles y, de hecho, Bruselas siempre ha facilitado en lo posible los procesos de integración con salvaguardas temporales y períodos de carencia en la transcripción de normas y directivas. Si este modo de obrar, consustancial a las sucesivas ampliaciones de la UE, quiere denominarse de «dos velocidades», sea. Pero si lo que se busca es que algún miembro pueda sustraerse a los principios básicos de la libre circulación de personas, servicios y mercancías; respeto a los derechos humanos, al sistema de libertades políticas y la solidaridad, se estará pervirtiendo el ideal europeo.

via La Razón España