En los últimos tiempos están ocurriendo en el mundo hechos prodigiosos que casi nadie esperaba. Enormidades que diría Unamuno. Los británicos deciden divorciarse de la Unión Europea y están a punto de devolver a Inglaterra a las fronteras que tenía en 1704. Los colombianos votan en contra de un acuerdo de paz entre el Gobierno y las guerrillas concedido para poner fin a un conflicto que dura más de cincuenta años. Los americanos votan a un candidato, Donald Trump, que desafía al stablhisment y a los líderes históricos de su propio partido. Sólo el miedo a las consecuencias de la globalización explican estos prodigios: el miedo a perder el puesto de trabajo, a ver recortados sus salarios o a ver diluidas identidades culturales que contaban con siglos de existencia. El miedo a los otros que diría Sartre.

David Cameron prometió convocar dos referenda para ganar las elecciones generales. Ya ha conseguido sacar al Reino Unido de la Unión Europea y está a punto de lograr que Escocia deje de formar parte de la Gran Bretaña. El Brexit, ha sido un prodigio de ingeniería política: el gobierno no tenía un plan B y los brexiteers no tenían un plan A. Y en Bruselas nadie pensó Brexit se podía producir y nadie sabe hoy muy bien que hacer. Los hay que piensan que la salida del Reino Unido se debe a que hemos ido demasiado deprisa en el proceso de integración y que lo hay que hacer es un alto en el camino, cuando no una marcha atrás. Los hay que creen –que creemos- que lo que pasa es que no hemos ido lo suficientemente deprisa y que lo europeos empiezan a preguntar para qué sirve la Unión.

En Londres todavía no son conscientes de la gravedad de lo sucedido. El valor de los bienes y servicios que se producen en el Reino Unido ha aumentado un 0,7% en el último trimestre; el stock market ha subido un 16% desde el referéndum; sólo hay 1,6 millones de desempleados, el nivel más bajo desde hace mucho tiempo, y los salarios han subido en el último trimestre un 2,3%. Luces que ocultan las sombras que también existen: la libra ha perdido un 15% respecto al dólar y un 12% respecto al euro desde que los brits dijeron que se iban de casa; música celestial para los exportadores y el sector turístico y llanto y crujir de dientes para los importadores o los británicos a los que les gusta la Costa Azul, o la costa Blanca. Para decirlo todo, hay que precisar que el Banco de Inglaterra ha hecho todo lo posible para que la fiesta no decaiga, bajando los tipos de interés del 0,50% al 0,25%.

La verdad del cuento es que todavía no ha pasado gran cosa y que los potenciales inversionistas están esperando a conocer las condiciones del divorcio, y sobre todo, el marco de relaciones futuras entre el Reino Unido y la Unión Europea para tomar sus decisiones. No es lo mismo un Reino Unido con acceso al mercado interior que un mercado con acceso limitado. No espero grandes cambios en lo que se refiere a relaciones comerciales entre la Unión y el Reino Unido, porque lo normal es que lleguemos a un acuerdo de libre comercio con exenciones arancelarias para la práctica totalidad de los bienes objeto de intercambio. Cosa distinta es lo que pase con las barreras extraarancelarias y con los servicios, especialmente los servicios financieros. Los británicos aspiran a que las entidades financieras establecidas en la City puedan usar el pasaporte comunitario cuanto más tiempo mejor.

Y eso me lleva hablar de lo que deben hacer los negociadores comunitarios. No se trata de castigar al Reino Unido por irse de casa, pero tampoco sería comprensible que los británicos pudiesen aprovecharse de todas las ventajas de pertenecer al club sin asumir ninguna de las obligaciones que esta pertenencia comporta ni pagar la cuota. Si eso hiciéramos, habría muchos que pretenderían hacer lo mismo y la Unión estaría acabada. Amigos sí, pero no primos.

Y ¿Qué pasa en Europa? Como en cualquier crisis, el Brexit es un contratiempo porque hasta ahora eran muchos los que querían entrar y pocos los que querían salir, pero a la vez es una oportunidad. El matrimonio entre la Unión Europea y el Reino Unido ha sido siempre un matrimonio de conveniencia y no un matrimonio por amor. Gran Bretaña no firmo los Tratados de Roma porque nunca estuvo dispuesta a ceder competencias a instituciones que escapasen del control de Westminster. Cuando no tuvo más remedio que entrar, no dejó de arrastrar los pies: el Reino Unido no forma parte de Schengen ni del euro, no asume gran parte de los compromisos en materia de justicia interior, no ha querido nunca una defensa europea…etc

¿Qué hacer ahora? Si no queremos que el Brexit se interprete como el principio del fin del proceso de integración europeo, hay que dar un salto adelante. Empezar por reconocer que no podemos seguir extendiendo nuestras fronteras sin antes haber puesto nuestra casa en orden. Constatar que si queremos avanzar no podemos ir al paso de los más lentos, lo que en roman paladino quiere decir, reconocer que hay una Europa a varias velocidades o una Europa a círculos concéntricos. Un primer círculo formado por los países que compartimos moneda y que debe estructurarse de forma claramente federal; un segundo círculo confederal integrado en los países de la Unión que no forman parte del euro y un tercer círculo en el que estarían el Reino Unido, Turquía y a lo mejor Rusia.

Y ¿España qué? En primer lugar, debe abanderar la marcha hacia los Estados Unidos de Europa; en segundo lugar, aggiornar nuestro sistema institucional –administrativo, fiscal, laboral- para dar posada a las multinacionales que emigren del Reino Unido para tener un pie en el mercado interior; en tercer lugar, aprovechar el regalo que nos han hecho los dioses para recuperar Gibraltar, una ocasión como no hemos tenido en 300 años y tardará otros 300 años en volver. Para que todo salga bien hay que elaborar un plan, porque como dijo Keynes “nunca ocurre lo imprevisto, sino lo no pensado”.

via La Razón España