La reacción internacional ante el golpe de Estado en Venezuela ha sido de una tibieza alarmante. La contundencia del ataque directo a lo que quedaba de democracia fue de tal calibre que el mundo democrático tendría que haber puesto el grito en el cielo. En su lugar, se ha sucedido una serie de lamentos en cascada, algunos más firmes que otros, que en nada perturban los planes siniestros de Nicolás Maduro. La Organización de Estados Americanos (OEA) sigue analizando los «siguientes pasos» a seguir en una crisis de derechos humanos que debía haber cortado de raíz hace meses expulsando a Venezuela. Es cierto que algunos gobiernos, entre ellos el de España, Perú, Argentina o Colombia, no se han andado con rodeos, pero se esperaba mucho más de otros como Brasil. La gran incógnita, la reacción de EE UU, sigue sin despejarse. Donald Trump, tan dado a explayarse en Twitter, aún no ha abierto la boca. De él depende en gran medida lo que ocurra a continuación. Si el caudillo bolivariano se ha comportado como lo ha hecho se debe a que la comunidad internacional se lo ha permitido, una situación en la que el petróleo barato venezolano tiene mucho que ver. La UE también debe ejercer toda la presión posible para que se convoquen elecciones. Está claro que la solución sólo puede llegar de la mano de los propios venezolanos, pero la dictadura no se torna en democracia por generación espontánea. Es el momento de acudir en defensa de los venezolanos.

via La Razón España