No hay tiempo para llorar ni siquiera para enterrar a los más de 200 muertos por la enorme avalancha. Los esfuerzos se centran ahora en los posibles supervivientes. En Colombia, se vive una desesperada carrera contrarreloj para rescatar a los cientos de desaparecidos, que podrían estar vivos, sepultados bajo el lodo y los escombros. El paisaje en Mocoa es desolador. Gente escarbando para encontrar los cuerpos de sus seres queridos, militares cargando en brazos a niños y en camillas a heridos, calles repletas de barro, piedras y ramas por doquier, casas y vehículos destrozados, niños que deambulan por las calles en busca de sus padres…

«No hay energía. No tenemos agua. Nada», asegura Rocío Hernández, mientras con su bebé en brazos subía una colina para refugiarse a pasar la noche en un albergue. La joven madre soltera tuvo que salir corriendo en medio de la noche bajo la lluvia y el miedo de que una avalancha se repita aún la persigue. «Fue una pesadilla, nos pilló durmiendo», dice.

Según el último balance de la Cruz Roja colombiana (CRC), al menos 234 personas perdieron la vida (174 identificadas), 202 quedaron heridas y se calcula en 220 los desaparecidos tras el desbordamiento de tres ríos en el municipio sureño, en plena Amazonía colombiana. César Urueña, director de Socorro de la CRC, explicó que unas 300 familias han sido afectadas, 17 barrios están devastados y 25 viviendas se encuentran completamente destruidas.

La magnitud de la catástrofe se agrava por el aislamiento de esta zona de Colombia, situada en la región amazónica, en la frontera con Ecuador, que carece de suficientes vías de acceso, pues sólo se puede llegar a Mocoa por vía aérea o por precarias carreteras que la comunican tras varias horas de viaje con las ciudades de Neiva y Pasto. Para ayer en la región se anunciaban «lluvias ligeras o lloviznas» con paulatina tendencia a bajar su intensidad. Mocoa, de unos 40.000 habitantes, seguía sin energía eléctrica ni agua corriente, servicios que el Gobierno intentaba restablecer lo antes posible y cuya falta mitigaba con toneladas de equipos.

La emergencia se generó alrededor de la medianoche del viernes por el desbordamiento de los ríos Mocoa, Mulato y Sancoyaco, que sumados a la inclinación natural del terreno en la ciudad provocaron una gran avalancha. El afluente del río se mezcló con lodo y materiales de las calles, como residuos y basuras, y provocó el desastre. «Es una tragedia sin precedentes, [hay] cientos de familias que aún no encontramos, barrios desaparecidos», dijo la gobernadora de Putumayo, Sorrel Aroca. Las aguas se llevaron por delante varias viviendas, postes de energía, vehículos, árboles y destruyeron al menos dos puentes, agregó el Ejército, cuyos soldados apoyan las labores de rescate y socorro

«Hay mucha gente en las calles, muchos damnificados, muchas casas caídas», cuenta por teléfono Hernando Rodríguez, un pensionista de 69 años residente en Mocoa. «La gente no sabe qué hacer» porque «no había preparación» para una catástrofe así. «Apenas nos estamos dando cuenta de lo que nos pasó», añade. El presidente Juan Manuel Santos, viajó ayer acompañado de los ministros de Defensa, Salud y Medio Ambiente, así como el comandante de las fuerzas militares, el director de la Policía y los directores de organismos de socorro. Un día antes declaraba el estado de calamidad pública. El experto Christian Euscátegui insiste en la presión ambiental que se está ejerciendo en Mocoa, incrustada en el pie de monte amazónico, considerada como una de las zonas más biodiversas.

via La Razón España